En las estancias de Rivendell, donde aún perduran la memoria y la luz de tiempos antiguos, fue tomada una decisión cuyo eco alcanzará todas las tierras de la Middle-earth.
No como un hecho repentino, sino como el resultado inevitable de una larga historia que se aproxima a su final.
Del Concilio
En consejo, presidido por Elrond, se reunieron los sabios, los señores de distintas tierras y aquellos que aún recuerdan los días en que el mundo era joven.
Allí se habló del Anillo Único, de su origen y de la sombra que de nuevo se levanta en el Este.
Muchos fueron los pareceres, pero todos coincidían en una verdad: no podía ser usado, ni guardado, ni ocultado por más tiempo.

De la decisión
Así fue determinado que el Anillo debía ser destruido, llevado al corazón mismo de la tierra donde fue forjado.
Y recayó esta carga, no en los grandes ni en los poderosos, sino en un portador inesperado: un hobbit de la Comarca.
Tal elección no sorprendió a aquellos que conocen los designios más profundos, pues a menudo son los pequeños quienes cambian el curso del mundo.

De la partida
No mucho después, partió desde Rivendel la compañía que habría de acompañar al Portador en su camino.
Entre ellos había hombres, un enano, un elfo y otros de menor talla, unidos no por juramento de poder, sino por propósito compartido.
Su marcha no fue celebrada con júbilo, sino observada en silencio, como se observa el paso de algo que no puede detenerse.

Observación de los elfos
Para los elfos, este acontecimiento no es sino otro signo del tiempo que se desvanece.
Pues aunque la lucha aún no ha comenzado plenamente, ya se percibe en ella el final de una era.
Y todo aquello que fue bello y duradero se encamina lentamente hacia su ocaso.
Así queda registrado que, en los días de Rivendel, se tomó la decisión que habría de guiar el destino de la Tierra Media.
No con estruendo, ni con gloria inmediata, sino con la certeza silenciosa de que el mundo está cambiando.
